Trabajamos con el siguiente enlace:
http://www.ceibal.edu.uy//elp/ODEA_detras-de-la-muralla_SBauza_F3RSNK.elp/index.html
lunes, 28 de septiembre de 2015
martes, 22 de septiembre de 2015
viernes, 18 de septiembre de 2015
Comparación de fracciones
...Analizamos...
Fracciones de igual denominador
Veamos un ejemplo:
Si te fijas, la fracción que tiene mayor numerador, o sea 4/6 es la fracción mayor, la superficie pintada de azul es más grande que la de las otras dos fracciones.
Fracciones de igual numerador
Observa la representación:
Si has prestado atención, te habrás dado cuenta que la fracción con menor denominador, o sea 2/3 es la mayor ya que la superficie pintada de azul es la más grande.
Fracciones de distinto numerador y denominador
Veamos algunos ejemplos:
Si tenemos las siguientes fracciones:
En este caso podemos compararlas con la unidad y de esta forma determinar el orden:
La fracción 5/8 es menor que la unidad, porque el numerador es menor que el denominador.
La fracción 3/2 es mayor que la unidad, porque el numerador es mayor que el denominador.
La fracción 4/4 es igual a la unidad, porque numerador y denominador son iguales.
Podemos concluir:
5/8 ES MENOR QUE 4/4, 4/4 ES MENOR QUE 3/2
La representación gráfica muchas veces ayuda:
| MENOR QUE 1 | = 1 | MAYOR QUE 1 |
Comparar con la unidad
Este mismo razonamiento, empleado para comparar fracciones con la unidad, podemos utilizarlo para compararlas con otros números conocidos como por ejemplo1/2, 3, etc.
En la comparación de 7/8 y 8/9 se podría considerar que falta 1/8 y 1/9 respectivamente para completar la unidad. Sin embargo sabemos que 1/8 es mayor que 1/9y por lo tanto 7/8 es menor que 8/9 porque le falta más para completar la unidad.
Trabaja ahora en el siguiente enlace con lo aprendido:
domingo, 6 de septiembre de 2015
Cuento realizado por una niña.
Cuento infantil : "El niño y la estrella"
Había una vez un niño al que le gustaban mucho las estrellas; era tanta su pasión que se pasaba todas las noches mirando el cielo desde su ventana, hasta que un día el pequeño encontró una estrella muy especial, la más hermosa de todo el cielo, convirtiéndose ésta en su favorita.
Noche tras noche la encontraba siempre en el cielo, hasta que un día de repente no era capaz de verla. El pequeño se vistió corriendo y salió de su cuarto trepando por un pequeño árbol que tenía enfrente de su ventana. Fue caminando y caminando buscándola sin parar, recorriendo un largo camino hasta que la encontró, pero de repente se dio cuenta de que se había perdido.
Sus padres angustiados y preocupados le empezaron a buscar, no sabían dónde podría estar su hijo. El pequeño al mismo tiempo intentaba buscarles a ellos entre la oscuridad de la noche, pero no era capaz de encontrar el camino hacia su casa. En ese momento su estrella favorita comenzó a brillar fuertemente, moviéndose en el cielo como si quisiera marcarle el camino hacia ellos.
Siguió a la estrella durante todo el camino consiguiendo encontrar finalmente su casa donde estaban sus padres muy preocupados. El niño fue hacía ellos rápidamente para abrazarlos, sintiéndose muy contento al poder estar otra vez con su familia.
El niño al volver a su habitación miró por la ventana y, dando gracias a la estrella por ayudarle a encontrar a sus padres, se durmió feliz al saber que tenía una nueva amiga que le ayudaría siempre cuando no pudiera encontrar el camino entre la oscuridad.
Por María Gabriela. De 12 años. Aragua, Venezuela.
jueves, 3 de septiembre de 2015
martes, 4 de agosto de 2015
Cuento.
La aventura de Rinaldo
—Rinaldo, mi pequeño, ¿qué te ha pasado?
—Nada malo, tía Rosa. Me caí de la bicicleta, eso es todo.
—¡Dios mío, qué horror!
—Pero si ni siquiera viste cómo me caía...
—¡Precisamente por eso!
—La próxima vez te aviso antes de caerme.
—¡Rinaldo, no bromees con estas cosas! Mejor dime por qué has traído a casa la bicicleta.
—¿A casa? Qué va, la he dejado en el portal, como siempre!
—¿Entonces de quién es aquella bicicleta?
Rinaldo se volvió siguiendo el índice de su tía y vió una bicicleta roja apoyada en las paredes de la cocina.
—¿Aquella? No es mía, tía Rosa. La mía es verde.
—Claro, es verde. ¿Entonces? ¿No habrá entrado sola?
—Sí. ¿Habrán sido los fantasmas?
—¡Rinaldo, por favor, no menciones a los fantasmas!
—Además es una bicicleta muy bonita.
La tía Rosa lanzó un grito.
—¿Qué pasa, tía?
—Mira, ¡hay otra bicicleta!
—¡Es verdad! También es bonita.
La señora Rosa se retorcía las manos, más asustada que nunca.
—Pero, ¿de dónde salen todas estas bicicletas?
—Bah —dijo Rinaldo—, es un buen misterio. ¿No habrá también una bicicleta en el dormitorio? Pues sí que la hay, mira, tía Rosa. Con ésta hacen tres. Si esto continúa, dentro de poco tendremos la casa llena de bicicletas...
Rinaldo tuvo que taparse las orejas ante un nuevo grito de la tía. El caso es que apenas terminó de pronunciar la palabra «bicicleta» la casa se llenó verdaderamente de bicicletas. Sólo en el baño había doce, como pudo comprobar la tía Rosa, al lanzar una aterrorizada mirada: dos estaban en la bañera.
—Basta, Rinaldo —suspiró la pobre mujer dejándose caer en una silla—, basta, no puedo más.
—¿Cómo que basta? ¿Qué hago yo? No soy yo el que las fabrica. Fígurate, ni siquiera sé hacer un triciclo...
¡Driin! ¡Driin!
Sobre la mesa apareció un precioso triciclo, tan nuevo que todavía tenía las ruedas envueltas en el papel de embalaje: pero el timbre vibraba alegremente, como diciendo: «¡También estoy yo!»
—¡Rinaldo, por favor!
—Tía Rosa, no creerás de verdad que lo que está pasando es por culpa mía.
—Desde luego, hijito. Quiero decir, no lo creo, Rinaldo. Pero lo mismo te ruego que seas prudente: no pronuncies más ni la palabra bicicleta ni la palabra triciclo.
Rinaldo se echó a reír.
—Si es sólo eso, puedo hablar de otra cosa. ¿Quieres que hablemos de despertadores o de sandías frescas? ¿De pudings o de botas de agua?
La tía se desmayó. Al tiempo que aquellos nombres salían de la boca de Rinaldo, la casa se poblaba de despertadores, sandías, pudings y botas de agua. Aquellos extravagantes e increíbles objetos surgían de la nada, como fantasmas.
—¡Tía! ¡Tía Rosa!
—¿Eh? ¿Qué pasa? ¡Ah! —dijo la mujer volviendo en sí—. Rinaldo, sobrino mío, hijo mío, por caridad, siéntate allí y quédate callado. ¿Quieres a tu tía? Siéntate y no te muevas. Voy a llamar al profesor De Magistris, él nos dirá qué hacer.
Este profesor De Magistris era un profesor que vivía al otro lado del patio de la pensión. Cuando la tía Rosa tenía algún problema corría al señor De Magistris que nunca se hacía de rogar para escucharla y prestarle ayuda. Sólo los viejos saben ser así de generosos y pacientes. Esta vez el profesor tampoco se hizo de rogar.
—Buenas tardes, profesor. No lo sé muy bien. Parece que en esta casa hay...
Pero antes de que pudiera pronunciar la palabra «espíritus» la tía Rosa le puso una mano en la boca.
—¡No! Rinaldo. ¡Esa palabra no! ¡Todo, pero no los espíritus!
—Señora —intervino el profesor De Magistris—, explíquemelo al detalle, no entiendo.
—¿Pero qué hay que entender? Se ha caído de la bicicleta y se ha golpeado la cabeza. Y ahora, cada vez que dice una palabra, aquello, o sea la palabra...
—Mire, profesor —dijo Rinaldo—, yo digo: gato.
Miau, hizo el gato materializándose sobre una silla junto a la estufa.
—¡Hum! —dijo el profesor—. ¡Hum! Comprendo.
—¿Ha visto qué cosa? Y sus padres en Alemania. Una enfermedad similar...
—¡Pero, qué enfermedad! —protestó Rinaldo—. A mí me parece muy cómodo. Si me apetece un helado de pistacho...
¡Proff!
Ahí está el helado dispuesto en una copa de cristal.
—Me parece estupendo —comentó el profesor—. Pero, ¿dónde está la cucharilla?
—Cucharilla —dijo Rinaldo—. Mejor, otro helado y otra cucharilla, así tendremos uno para cada uno. ¿Quieres también un helado, tía?
Pero la tía Rosa no contestó: se había desmayado por segunda vez.
Primer final
Segundo final
Tercer final
Gianni Rodari
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